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No es no. No quiero porque no quiero, porque no me da la gana, porque no. Si yo no quiero, tú no lo haces. Y no hay más que hablar.

De una conversación con mi amiga Ginny me surgió una idea nueva acerca de qué podemos cambiar. Además, lo uní la idea de esta entrada (ya sabéis, aquello de que nosotros escogemos como somos) y he llegado a un ejemplo la mar de majo sobre un tema que, la verdad, me ha comido bastante la bola últimamente: la influencia de los demás en nosotros.

Supón que un amigo y tú montáis una empresa. Él tiene cierto conocimiento en el tema, así que te propone que repartáis las acciones de la misma en dos partes: un 90% se las quedará él y un 10% tú. Al margen de los beneficios de las mismas, cobraréis el mismo sueldo y te promete que nunca perderás dinero. Como sabes que de gestión de negocios no entiendes nada y comprendes que tu amigo te está haciendo un favor, aceptas.

Tiempo después, te ofrecen un trato bastante suculento. Es tan redondo que, si sale bien, puede que te jubiles con 24 años. Te acercas a tu amigo y el, estresado por el trabajo, no te deja decir nada.

Aceptas el trato por tu cuenta y, finalmente, descubres que es una estafa. El negocio cae en picado y acabáis en quiebra.

Tu amigo se acerca y te dice lo siguiente: “¿Cómo has podido arruinar esto con solo un 10% de las acciones? ¡El 90% del poder era mío y yo no hice nada que perjudicara a la empresa! ¡Tú has acabado con nuestro sueño! ¡Tú nos has arruinado!”


Pregunta: ¿es cierto lo que afirma tu amigo?

No sé si con este ejemplo se ve muy claro, pero es una bonita forma de presentar el tema. Voy a poneros otro, a ver si ahora se ve mejor:

Estás en la calle con cuatro amigos tuyos, y véis pasar a un hombre con un maletín negro. Se mueve con cautela y no para de mirar a los lados, como si temiera por algo.

Tus amigos se acercan a ti y te dicen que, casi seguro, el maletín lleva algo valioso, y te dicen que se lo magues al tío. Tú te niegas, pero te insisten tanto que, al final, acabas cediendo.

Te acercas corriendo al tío, vas a quitarle el objeto de un tirón y… saca una pistola, te pega un tiro y quedas en el suelo. Te ha volado la tapa de los sesos.

¿Quién es culpable de tu muerte?


Ahora creo que se ve claro.

En el primer caso, la culpa de que la empresa se fuera a pique es de ambos, pero sobre todo de tu amigo. ¿Por qué, si no hizo nada? Pues precisamente por eso. Si tu tuvieras el poder de evitar las guerras en el mundo y no lo hicieras, la culpa de que muriera gente en esos conflictos sería tuya, ya que tienes poder para cambiar esa situación, al igual que tu amigo pudo haber evitado que la empresa se fuera a pique gestionando él el contrato, cosa que no hizo porque te ignoró.

¿Cómo es esto aplicable a lo que influyen los demás en ti? Pues piensa en lo siguiente: si tu carácter es la empresa de tu amigo, tu tienes el 90% del control sobre ese carácter, y el resto de la humanidad solo el 10%. Sin embargo, si tú no tratas de evitar que los demás influyan en ti, si no pones ese 90 en juego, el diez te vencerá por goleada. De ahí que te dispararan: si hubieras sabido decir “no hago eso porque no quiero”, tu 90 se cepillaría a su diez y seguirías vivo.

¿Conclusión? Tú tienes, en gran medida, el control sobre ti mismo. Lo que hagas, e incluso lo que te influye lo que te hagan, depende de ti, porque tú eres el 90. Por supuesto, puede haber cosas que te superen y cosas que se escapen a tu control, pero si procuras tenerlo en un lugar accesible para echarle mano en cuanto te haga falta, casi siempre podrás decir tú sobre ti mismo.



escrito el 14 de Mayo de 2010 por en Filosofía


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